jueves, 30 de enero de 2014

¿Recuerdas aquel invierno? Donde nos encontramos por casualidad, esa noche hacía frío, casi a punto de llover, esas noches perfectas, cubiertas por un manto de nubes oscuras amenazantes, dispuestas a espantar a cualquier turista, menos a mí, menos a ti. ¿Lo recuerdas? Nos miramos, reímos, nos volvimos a mirar y sin decir una palabra caminamos juntos al Café Montauk. Nuestro café amargo, que tanto amamos y que siento que no encontraré a nadie en la vida que ame tanto el café amargo como tú y como yo, jamás encontraré a un ser que sea capaz de ponerme nerviosa con su sola presencia, su desplante, su mirada de fuego y con intenciones de hacer explotar la Avenida, de cuidar de sí mismo en un intento de autodestrucción, por querer continuar vivo en esta tierra mala, triste, a veces cruel, pero con encantos que no cambiaría ni por la fortuna más grande ofrecida, ni por monedas de oro fabricadas por el mismo Alí Baba, ni por cariño, ni por ninguna misera caricia, por nada.
Que manera de reír aquel día. Creo que sí lo recuerdas, bebiendo café a sorbos para no quemarse y explotar de risa nuevamente, como unos bobos con la única misión en la vida de reír, de mirarse, de contemplarse, de desearse, pero sólo eso.
Y cada vez más sentía más viento en mi piel, viento frío, intenso, como si tratara de decirte "vete de aquí!". Y miraba el cielo. Lo miraba una y otra vez, trataba de contar las estrellas, porque ya me había aburrido de mirarte, de estar contigo. Amaba más el cielo cargado de estrellas como si fueran monedas arrojadas al cielo, pensando que caerían en mi rostro y me asustarían. Cerré mis ojos, sonreí y comenzaron a caer. Fue tan sorpresivo que salté en mi lugar y no estabas. La verdad poco me importaba, lo que sí me importaba era que estaba lejos de casa, mojándome por la intensa lluvia que acababa de comenzar y que no me motivaba a levantarme, incluso seguí varios minutos sentada, con la sensación de vivir todo en cámara lenta, mientras cada gota mojaba mi rostro, mi cuello, mis senos y mi alma.

martes, 28 de enero de 2014

Quiero.

Quiero conocerte más allá. Más allá de tu simple manera de escribir, más allá de tu perversión, más allá de tus ganas de golpearme, más allá de tu puta mirada que me atrae como un imán hacia tu boca, más allá de tu piel, de tu ceniza, más allá de todo lo que el mundo murmure, más allá de lo que soy capaz de hacer por ti.
Porque las promesas son sólo palabras que valen lo mismo que un soplido, lo mismo cuando apagas una vela, lo mismo cuando soplas un diente de león. Me prometí a mi misma jamás tenerte, ni aquí ni allá, ni en la plaza ni en mi cama, ni en la calle, ni entre mis piernas. Tal vez soy de esas que olvida más fácil de lo que piensa, o simplemente soy cobarde como una rata para volver a estar contigo y no para siempre. Jamás para siempre. Ahora juguemos. Bórrame de tu vida para siempre. Yo haré lo mismo. Volvamos a conocernos, pero sin la ilusión de ir más allá, ¿podrás hacerlo?