¿Recuerdas aquel invierno? Donde nos encontramos por casualidad, esa noche hacía frío, casi a punto de llover, esas noches perfectas, cubiertas por un manto de nubes oscuras amenazantes, dispuestas a espantar a cualquier turista, menos a mí, menos a ti. ¿Lo recuerdas? Nos miramos, reímos, nos volvimos a mirar y sin decir una palabra caminamos juntos al Café Montauk. Nuestro café amargo, que tanto amamos y que siento que no encontraré a nadie en la vida que ame tanto el café amargo como tú y como yo, jamás encontraré a un ser que sea capaz de ponerme nerviosa con su sola presencia, su desplante, su mirada de fuego y con intenciones de hacer explotar la Avenida, de cuidar de sí mismo en un intento de autodestrucción, por querer continuar vivo en esta tierra mala, triste, a veces cruel, pero con encantos que no cambiaría ni por la fortuna más grande ofrecida, ni por monedas de oro fabricadas por el mismo Alí Baba, ni por cariño, ni por ninguna misera caricia, por nada.
Que manera de reír aquel día. Creo que sí lo recuerdas, bebiendo café a sorbos para no quemarse y explotar de risa nuevamente, como unos bobos con la única misión en la vida de reír, de mirarse, de contemplarse, de desearse, pero sólo eso.
Y cada vez más sentía más viento en mi piel, viento frío, intenso, como si tratara de decirte "vete de aquí!". Y miraba el cielo. Lo miraba una y otra vez, trataba de contar las estrellas, porque ya me había aburrido de mirarte, de estar contigo. Amaba más el cielo cargado de estrellas como si fueran monedas arrojadas al cielo, pensando que caerían en mi rostro y me asustarían. Cerré mis ojos, sonreí y comenzaron a caer. Fue tan sorpresivo que salté en mi lugar y no estabas. La verdad poco me importaba, lo que sí me importaba era que estaba lejos de casa, mojándome por la intensa lluvia que acababa de comenzar y que no me motivaba a levantarme, incluso seguí varios minutos sentada, con la sensación de vivir todo en cámara lenta, mientras cada gota mojaba mi rostro, mi cuello, mis senos y mi alma.