martes, 8 de julio de 2014

Aquella noche.

Aquella noche hacía más frío que de costumbre, aunque con el calor de sus cuerpos el ambiente se tornaba cálido, perfecto para una larga conversación.
Él sólo la abrazó, esperando el momento adecuado, pero tenía miedo que se durmiera. Si no era esa noche, no sería nunca. Entonces ella se volteó y lo miró a los ojos. Un hilo de luz que se filtraba por la ventana hizo que él viera en sus ojos lágrimas contenidas, sin querer salir del todo, tragando la pena, en el fondo fingiendo ser feliz.

-Esta noche quiero decirte algo- dijo él con un tono de voz casi imperceptible, casi titubeando.
-Quiero darle las gracias. Por permitirme estar aquí contigo, por darme abrigo en tu casa, por ser tan amable, por darme tanto cariño, por darme cosas que ni mis amigos me dan, por darte el tiempo de escuchar y ver tanta pena- dijo ella al fin soltando una lágrima.
-Eso está demás. Sabes que para eso estoy, para hacerte feliz.
-¿Qué? ¿Acaso no entiendes? Yo no puedo ser feliz, ni tampoco puedo hacer feliz a nadie- dijo ella entre sollozos, sin poder contenerse.
-No me importa, quiero intentarlo, déjame intentarlo. Déjame ser la persona que una las partes rotas de tu corazón.
-No podrás.
-¿Por qué? ¿Hay alguien más? ¿Hay alguien en tu corazón?
-Sí. Y justamente es la persona que lo llena y lo destruye, que me enciende y me apaga, que me pinta y me decolora, que me incita y me desanima. No será fácil.
-Asumo el riesgo. Asumo el riesgo que conlleva. Yo seré más fuerte. Y tu felicidad no será de extremos. Ahora te pregunto: ¿Quieres intentarlo?
-Te haré daño, lo sé.
-Asumo el riesgo.
-No sabes lo que dices.
-Claro que sé! Asumo el hecho que quiero estar contigo, aunque eso me signifique sufrir, quiero intentarlo y soy testarudo, igual que tú.
-Jajaja
-¿Quieres intentarlo?
-Vamos.

Y esas fueron las palabras que sellaron el pacto con un beso tan largo que duró hasta el amanecer.