domingo, 30 de marzo de 2014

Mi Historia

Era un domingo como tantos otros. Encerrada en la pieza, con ese silencio que detestaba, pero que casi siempre terminaba agradándome. Tenía ganas de escribir. Eso sí lo recuerdo bien. Aquellos tiempos de adolescencia donde aún permanecía en mí la necesidad de escribir en papel, de tocar las letras, de sentir las marcas del lápiz cual ciego siente una palabra en braille. Y siempre con lápiz negro; eso le daba otro estilo, un toque distinto a todas las palabras escritas con el tan típico color azul. Y es que odiaba lo típico, de hecho aún lo odio. Lamentablemente para mí siempre estuvieron primero los estudios, aunque pasara por nerd o imbécil, dedicaba los domingos a leer Historia Universal y hacer tareas que el profesor nos encargaba hacer en clases, y que nunca podía concentrarme para hacerlas en clase, pero sí en mi habitación, a solas, o tal vez escuchando a Ludwig Van en sus infinitas melodías increíbles, porque no sólo escuchaba música satánica como dice la abuela, también me gustaba Ludwing Van, y aún me gusta. ¿Podríamos comenzar con la 9A sinfonía? ¿Los dos? ¿Solos? No. La verdad, prefiero sola.
Y entonces entraba en el misterioso mundo de los apuntes de Historia y sería unos de los pocos ramos que me aburría tanto que hubiera preferido estar vagando calle arriba. Pero me iba bien, y eso se agradece. No se si mi memoria me ayudaría un tanto, porque detestaba las fechas, los hitos, las guerras, los nombres, apellidos y sin fin de boludeces, pero sí me encantaba leer para que mi mente hiciera un relato de todo lo que leía, tratando que no fuera a salirse de contexto e inventara un final feliz.

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